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Brahms: Solo Piano Works - Jimin Oh-Havenith

  • Foto del escritor: Fernando Alday
    Fernando Alday
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

Jimin Oh-Havenith y su nueva entrega con la casa Audite nos regala otra interpretación de gran calado y trascendencia, rescatando un curado repertorio de Johannes Brahms.


Brahms: Solo Piano Works - Jimin Oh-Havenith

Habiendo tenido ocasión de rescatar interpretaciones previas de Oh-Havenith (El tratamiento de la obra de Schumann en Wild&Mild), pasamos a su más reciente lanzamiento: Brahms. Editado por Audite y contenido en 3cd's.


El reciente lanzamiento de la pianista coreano-alemana Jimin Oh-Havenith bajo el sello Audite pertenece, sin ambigüedades, a la categoría de imperdible. En un repertorio tan transitado como es el opus pianístico de Johannes Brahms, a menudo dominado por lecturas que privilegian la densidad sonora o la exhibición técnica, esta integral de tres discos se impone por una cualidad menos frecuente: la capacidad de convertir la escucha en reflexión. No se trata de deslumbrar, sino de comprender; no de imponerse a la obra, sino de permitir que esta revele su respiración más íntima.


Este proyecto no surge de manera aislada. Forma parte de un trayecto artístico coherente, construido con paciencia, rigor y una profunda fidelidad al texto musical. Tras sus grabaciones dedicadas a Beethoven, Schubert, Schumann y otros pilares del repertorio germánico, Oh-Havenith llega a Brahms con una voz interpretativa plenamente madura. El resultado es una lectura amplia, reflexiva y profundamente humana de uno de los corpus pianísticos más complejos del siglo XIX.


Nacida en Seúl, Jimin Oh-Havenith recibió una sólida formación inicial en Corea antes de trasladarse a Alemania, donde estudió con Aloys Kontarsky en Colonia. Esta doble raíz cultural, la disciplina estructural centroeuropea y una sensibilidad marcada por la introspección, ha definido su identidad artística. A lo largo de su carrera ha alternado la actividad concertística con una intensa labor pedagógica, lo que ha reforzado su relación analítica con las partituras y su rechazo a toda superficialidad interpretativa.


Lejos de cultivar una imagen de pianista virtuosa en el sentido espectacular del término, Oh-Havenith se ha distinguido por un enfoque arquitectónico del discurso musical. Su interés no se centra en el gesto aislado, sino en el equilibrio de las formas, en la respiración de las frases y en el peso expresivo del silencio. En este sentido, su aproximación a Brahms resulta especialmente pertinente: pocas obras exigen tanto control estructural unido a una vida interior tan intensa.


La obra pianística de Johannes Brahms ocupa un lugar singular en la historia de la música. Heredero directo de Beethoven y profundo estudioso de Bach, Brahms concibió el piano como un espacio de síntesis entre rigor formal y expresión subjetiva. Sus primeras obras para teclado revelan una ambición casi sinfónica, mientras que las piezas tardías (intermezzi, capriccios, rapsodias) se repliegan hacia un lenguaje concentrado, fragmentario y de una modernidad silenciosa.


Este recorrido vital y estético está plenamente reflejado en el programa elegido por Oh-Havenith. La selección abarca desde las grandes obras de variación hasta las miniaturas tardías, pasando por baladas, rapsodias y danzas estilizadas. No se trata de una simple antología, sino de un verdadero arco narrativo que permite seguir la evolución del compositor desde el ímpetu constructivo hasta la resignación serena de los últimos años.


El conjunto se articula alrededor de algunos de los pilares del repertorio brahmsiano. Las Variaciones y fuga sobre un tema de Handel, Op. 24 y las Variaciones sobre un tema de Schumann, Op. 9 representan el Brahms constructor, el compositor que dialoga con la tradición para afirmar su propia voz. A ellas se suman las Balladen, Op. 10, las Rhapsodies, Op. 79, los Waltzes, Op. 39 y, de manera especialmente significativa, las colecciones tardías: Ops. 76, 116, 117, 118 y 119.


Completa el programa la célebre transcripción para mano izquierda sola de la Chacona de la Partita en re menor de Bach, una obra que Brahms consideraba un compendio absoluto de pensamiento musical. Su inclusión no es anecdótica: actúa como puente simbólico entre Bach, Beethoven y el propio Brahms, y subraya la dimensión histórica del proyecto.


Desde los primeros compases de las Variaciones sobre un tema de Handel, queda claro que Oh-Havenith concibe la obra como un organismo vivo. Cada variación está cuidadosamente caracterizada, pero siempre integrada en un flujo continuo. La pianista rehúye cualquier tentación de convertir la pieza en una demostración de fuerza; incluso en los momentos de mayor densidad sonora, la claridad polifónica se mantiene intacta.


La fuga final, con frecuencia abordada como un clímax puramente técnico, adquiere aquí una nobleza serena. Las voces se entrelazan con precisión, sin rigidez, permitiendo que la estructura se eleve con una solidez casi arquitectónica. El control del tempo y de las dinámicas revela una comprensión profunda del equilibrio entre tensión y reposo.


En las Variaciones sobre un tema de Schumann, la dimensión emocional se vuelve más explícita. Brahms compuso esta obra bajo la sombra de la compleja relación con Robert y Clara Schumann, y Oh-Havenith parece plenamente consciente de ese trasfondo. Su toque se vuelve más íntimo, casi confidencial, especialmente en las variaciones más lentas, donde el sonido se reduce a un susurro cargado de significado. La técnica, impecable, nunca se interpone entre la música y su contenido afectivo.


La transcripción de la Chacona de Bach para mano izquierda sola es uno de los momentos más exigentes del ciclo, tanto desde el punto de vista técnico como conceptual. Aquí, Oh-Havenith ofrece una lección de concentración y control. La limitación física se convierte en virtud expresiva: la densidad armónica, la proyección de las voces y la continuidad del discurso se mantienen con una naturalidad que desarma.


Lejos de buscar un efecto espectacular, la pianista opta por una lectura austera, casi ascética, que respeta el carácter meditativo de la obra. El resultado no es una imitación del violín original, sino una recreación profundamente pianística, donde el peso del sonido y la resonancia del instrumento aportan una gravedad particular.


Las Balladen, Op. 10, y las Rhapsodies, Op. 79, revelan otra faceta del arte de Oh-Havenith. En estas obras, donde la narrativa implícita juega un papel central, la pianista demuestra una notable capacidad para sostener la tensión a largo plazo. Las transiciones entre secciones se producen con naturalidad, sin rupturas abruptas, y cada clímax surge como consecuencia lógica de lo anterior.


Los Waltzes, Op. 39, por su parte, son tratados con una elegancia que evita cualquier caricatura. Bajo su aparente ligereza se esconde una compleja red de matices, que Oh-Havenith expone con un fraseo flexible y un sentido del ritmo profundamente interiorizado. Cada vals se convierte así en una miniatura poética.


Es en las obras tardías donde esta grabación alcanza su punto más alto. Los intermezzi y piezas breves de los últimos opus de Brahms son auténticos monólogos interiores, fragmentos de pensamiento musical condensado. Aquí, la pianista despliega una sensibilidad excepcional para el detalle y el silencio.


El Intermezzo en La mayor, Op. 118 n.º 2, emerge como uno de los momentos más conmovedores del conjunto. El rubato es flexible pero nunca caprichoso; cada inflexión parece surgir de una necesidad interna. El sonido, cálido y envolvente, transmite una cercanía casi física, como si la música se dirigiera directamente al oyente.


En el Op. 119, especialmente en el Intermezzo en Si menor, Oh-Havenith subraya la modernidad latente de Brahms. Las disonancias, las caídas armónicas y los silencios adquieren un peso expresivo que anticipa el lenguaje del siglo XX. La pianista no suaviza estos rasgos; los presenta con claridad, revelando a un Brahms introspectivo, vulnerable y sorprendentemente audaz.


Desde el punto de vista técnico, la interpretación es irreprochable. El control del pedal merece una mención especial: utilizado con inteligencia, permite crear atmósferas densas sin sacrificar la transparencia armónica. La articulación es siempre clara, incluso en los pasajes más complejos, y el manejo de las dinámicas muestra una gama amplia y cuidadosamente graduada.


La elección de un piano Bösendorfer 280 contribuye de manera decisiva al resultado sonoro. Los graves profundos y los agudos redondeados se adaptan de forma ideal al universo brahmsiano. La toma de sonido, fiel al estándar de Audite, ofrece un equilibrio excelente entre cercanía e impacto espacial. El piano respira, y con él respira la música.


Esta grabación no busca competir en términos de espectacularidad con otras integrales de Brahms. Su valor reside en otro lugar: en la coherencia del planteamiento, en la honestidad interpretativa y en la capacidad de ofrecer una visión unificada de un repertorio vasto y complejo. Oh-Havenith se inscribe en la gran tradición interpretativa alemana sin caer en el academicismo, aportando una calidez humana que resulta profundamente convincente.


Más que una simple adición al catálogo discográfico, esta obra: Brahms: Solo Piano Works, se presenta como una referencia para quienes buscan comprender al compositor desde dentro. Es una lectura que invita a la escucha atenta, al retorno, a la convivencia prolongada con la música.


Jimin Oh-Havenith ofrece en esta grabación un Brahms despojado de solemnidad innecesaria, cercano, vulnerable y profundamente humano. Su interpretación irradia una seguridad tranquila, fruto de años de estudio y reflexión, y logra un equilibrio poco frecuente entre rigor intelectual y calidez expresiva. En un tiempo marcado por la velocidad y el impacto inmediato, esta grabación propone otra forma de escucha, más lenta y más profunda. Por ello, se impone como una aportación necesaria y duradera al legado interpretativo de Johannes Brahms.



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